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Historia del JARDÍN de SAN CARLOS
Por Manuel Rodríguez Maneiro
Donde hoy se alza el Jardín de San Carlos, otrora denominado Jardín Botánico de San Carlos ocupa el solar de la medieval fortaleza, con su Torre de Homenja, un recinto amurallado y fortificado, la primera ciudadela que tuvo La Coruña y allí levantado desde donde se dominaba la entrada del puerto y toda la bahía herculina. Dicha fortaleza la conocieron monarcas españoles como Pedro el Cruel, Alfonso XI, los Reyes Católicos, Felipe el Hermoso y Juana la Loca, Carlos I y Felipe II, que visitaron La Coruña de sus tiempos y, por tanto, la Ciudad Vieja o Alta, donde se erguía, majestuosa y con muchos años sobre “sus cotillas”, y que tuvo un papel importante en la defensa de La Coruña, cuando el asedio, el cerco de Drake y Norris en 1589, en que se hizo celebre Mayor Fernández da Cámara y Pita. Ya en la Edad Moderna, esta fortaleza estaba gobernada, como alcaides de la misma los Vivero, una saga que se había convertido en dueños y señores de aquel recinto hasta que el tres de abril de 1658, esta fortaleza se derrumbó y quedó convertida en escombros, a pesar de lo sólida que era. Desaparecieron puertas, bóvedas y puente levadizo, que miraba hacia el Parrote. La fortaleza guardaba más de 200 quintales de pólvora entre muros subterráneos de 14 pies de espesor, más de cuatro metros y medio de espesor. No en balde esta fortificación estaba considerada como de las principales defensas de La Coruña y “terror y espanto de sus enemigos” como así figura en el Libro de Acuerdos de aquel fatídico año, según expone el que fue jefe político de La Coruña Enrique de Vedia, en su libro “Historia y descripción de la ciudad de La Coruña”.
La explosión se originó, al parecer, cuando el mestre de campo Pedro Martínez, bajo su responsabilidad y sin contar con los técnicos artilleros mandó abrir una puerta a ras del suelo, para que desde los barcos y sin realizar transporte alguno por tierra, pudiesen almacenarse o salir para el embarque las municiones, siempre que fuese necesario realizar tal operación. Y debió haber algún descuido porque, inesperadamente, se prendió fuego y en medio de un gran estrépito toda la fortaleza sucumbió, por lo menos la mayor parte de la misma, con todos sus parapetos desmoronados y deshechas las “cortinas”, lienzos de muralla entre dos baluartes. Como consecuencia de esta explosión sufrieron gravísimos daños la iglesia y el convento de San Francisco, el Hospital del Buen Suceso, enfrente a la fortaleza, la ermita del Sancti Spiritu, donde hoy se laza el antiguo Hospital Militarm y otros inmuebles, incluidas innumerables viviendas, con un total de más de 200 personas muertas.
Pues bien, aquel desolado lugar quedó convertido en un peñascal por espacio de un siglo, lugar maldito, que causó tantas victimas y señalado generación taras generación hasta que se fue olvidando aquel triste suceso.
Este peñascal y rincón abandonado fue urbanizado en parte en tiempos del capitán general, don Carlos Francisco de Croix, primera autoridad militar de Galicia en los años cincuenta y sesenta del siglo XVIII, en que estrenó el actual Palacio de Capitanía. El lugar tomó el nombre del capitán general, llamándosele fuerte del caballero don Carlos hasta que más tarde le fue cambiado el Don Carlos por San Carlos.
De todos es sabido que el general escocés Sir John Moore, herido mortalmente en la batalla de La Coruña el 16 de enero de 1809, tras haber fallecido en la casa del comerciante coruñés Genaro Fontelna, llevaron su cadáver hasta este antiguo baluarte y sepultado en lugar secreto del mismo, que a pesar de haber sido mejorado, medio siglo antes, por el mencionado Carlos Francisco de Croix, en posesión de un marquesado, continuaba siendo un yermo pedregoso y vuelto a quedar descuidado como antes de haber sido sometido a una reforma del lugar. Y fue cuando finalizada la Guerra de la Independencia, tiempo después se pusieron de acuerdo los Gobiernos de Inglaterra y España, para exhumar las cenizas del general y colocarlas en un sepulcro, que estuviese a la vista de todos. En 1834 el brigadier gobernador militar de la plaza, Francisco Mazarredo, dio comienzo a las gestiones de convertir aquel erial en un jardín, para así honrar la memoria del valiente general británico. Fue abierta una suscripción pública y con algunos recursos ofrecidos por el consulado inglés comenzaron los trabajos para ajardinar todo aquel espacio. En tanto, los restos de Sir John Moore fueron exhumados y trasladados al Castillo de San Antón mientras eran ejecutadas las mencionadas obras.
Y aquel erial, destinado hasta entonces a paseo de los convalecientes del inmediato Hospital del Buen Suceso (aún no había sido construido el Hospital Militar, hoy de la Seguridad Social con el nombre de Abente y Lago, levantado en tiempos de Isabel II) y a enseñar la instrucción militar, pasó a ser un jardín, zona verde que tanto necesitaba La Coruña, destinado a colocar en su centro un sepulcro de granito gallego.
Desde que fue inaugurado se convirtió en lugar de atracción de nativos y forasteros, pues hasta entonces había tan solo una alameda o Paseo de la Reunión, sobre murallas, lo que hoy es Juana de Vega, ya que El Relleno y los jardines de Méndez Núñez aún no existían; el actual terreno aún no había sido ganado al mar. Y pronto se hizo muy popular, no solo por el sepulcro de Sir John Moore sino también por su forma, circular, con parterres, amplio espacios para pasear y una bella vista de la bahía coruñesa, así como dos puertas de entrada, una por la calle de Tinajas-San Carlos, y la otra, la principal, que iba a la Maestranza de Artillería, con un escudo, esculpido en piedra, obras del siglo XVIII, con las armas del Marqués de Croix, escudo e inscripción que labró un presidiario. Además del jardín fue construida la casa del jardinero, y también un invernadero, donde figuraban plantas tropicales, hasta que andando el tiempo todo aquel recinto se denominó Jardín Botánico, por la inusitada variedad de plantas, arbustos y flores, que figuraban en este viejo baluarte. Y en la muralla que cierra este jardín fueron abiertas, posteriormente, varias ventanas pequeñas, desde las cuales se disfrutaba y se disfruta de una bonita panorámica marítima. Y durante casi treinta años la autoridad militar se encargaba del mantenimiento del jardín, de su conservación, del sepulcro y de la urna de piedra blanca, que corona la tumba, en la que hay dos tarjetas y en ambas la siguiente inscripción: “Joannes Moore Exercitus Britannici Dux Proelio Occisus A.D 1809”.
Este paseo público era ya el preferido de los coruñeses a partir de 1934. Los jueves y los domingos, la música militar se colocaba en el centro del jardín y ofrecía conciertos al vecindario, hasta que estas celebraciones cesaron al ser creados los jardines de Méndez Núñez y el paseo de El Relleno, en los años setenta decimonónicos.
Respecto del mausoleo, que guarda las cenizas de Sir John Moore, al principio consistía en un cuadrilátero de granito gallego, con los ángulos almohadillados, pero más tarde fue cuando le colocaron encima la actual urna funeraria. Las generaciones del pasado siglo no recuerdan que se hicieran obras de restauración, pero sigue siendo un sepulcro sencillo, elegante y severo, conformando un conjunto armónico en este jardín y respondiendo a la idea primitiva, de crear un jardín y depositar en él las cenizas del mencionado general britano.
En los cuatro ángulos de este espacio enverjado, que defiende el sepulcro y el sarcófago –es una pieza vacía-, colocado allí para embellecer el monumento funerario, se encuentran, semienterrados a la funerala, otros tantos morteros. Y dentro de la cerca, con verja de hierro, que rodea la tumba, figuran allí colocados cuatro cañones pedreros. Y dando sombra al monumento lo circundan copudos árboles. Y en la cara central de la cerca se halla una lápida de mármol con la siguiente inscripción: “In memory of general Sir John Moore who fell at the battle of Elviña while covering the embarcation of the british tropos 16th january 1809”.
En los años cincuenta del siglo XIX, veinte años después de haberse formado el jardín, el años del cólera morbo asiático, cuando, a la sazón, era alcalde de La Coruña Juan Flórez, y secretario Ripamondi, este jardín botánico continuaba siendo de propiedad militar, pero el Ayuntamiento se encargaba de mejorarlo cada vez más, y así tenemos que aquel 1854, poco antes de sufrir la ciudad herculina los efectos del cólera, que tantas victimas causó, en los meses que duró, fueron adquiridos al comerciante José Cervigón una serie de puntas de París, y a Manuel González, innumerables pinos, según consta en el archivo municipal, sito en el edificio municipal de Durán Loriga (antigua Hacienda). Eran años en que el Ayuntamiento dedicaba una cuota de 80 reales de vellón, para mantener el ornato del jardín y proveerlos de plantas, flores y arbustos. Por entonces estaba encargado de la dirección y administración del jardín Leopoldo Gerner, y el gobernador militar, general Arbuthot ( está enterrado en un nicho del primer departamento) escribió al Alcalde cediendo al Municipio la custodia, mantenimiento y obras de ornato, lo que los coruñeses más viejos aún denominaba baluarte de S. Carlos. Y una de las primeras compras que hizo el Ayuntamiento al tener ya pleno dominio del jardín en lo que a su conservación se refiere fue la de 400 rosales, de los que hizo cargo el jardinero y encargado del paseo Antonio Iglesias.
El Ayuntamiento pidió entonces al Gobernador que la autoridad militar estableciese un vigilante en el jardín y paseo con la consigna de prohibir la entrada de soldados y de prestar ayuda a los agentes de la autoridad municipal. Y en cuanto a este vigilante se pedía a la autoridad militar que recibiese ayuda del presidio-correccional (antigua propiedad franciscana, y de la prevención de Macanaz, donde existían militares de servicio.
Con motivo de haber sido puesto el Jardín de San Carlos bajo el cuidado y dirección del Ayuntamiento, la primera autoridad municipal dictó un bando por el que se prohibía la entrada de toda clase de animales, incluidos los perros, y en el caso de que sus dueños no los echasen de dicho recinto abonarían una multa de dos reales, la primera vez; ni tampoco se permitía tocar planta alguna so pena de pagar una multa de igual cuantía (nada tiene de extraño dada la riqueza de este jardín botánico, con plantas y flores costosas y de raras especies). Estaba también prohibido introducirse en los cuadros del jardín. Igualmente, se prohibía a los niños que se entretuviesen con juegos que pudiesen molestar a los paseantes del jardín. De las faltas cometidas serían responsables los padres o las personas encargadas de ellos. También se prohibía a las personas adultas que cometiesen actos contrarios a la moral y a las buenas costumbres , con sus palabras y acciones, objeto de escándalo y molestando a los viandantes. Sostenido este jardín a expensas exclusivamente de los fondos municipales se prohibía, igualmente, al guarda-jardinero vender o regalar las flores o plantas de dicho jardín botánico, y si conservarlas, cuidarlas para un mayor lucimiento y recreo de los visitantes y paseantes. Al jardinero se le prohibía también recibir gratificaciones o retribuciones de persona alguna por disfrutar ya de un sueldo por parte de la Corporación Municipal. El jardinero, en fin, estaba obligado a que las “calles” estuviesen barridas y que por ningún motivo asomasen yerbas y malezas en las mismas. Por último, tenía que cerrar el jardín al anochecer y abrirlo en la amanecida. Como quiera que el jardinero tenía su vivienda a un lado del recinto, únicamente las personas de su familia podían permanecer dentro del jardín. El jardinero se mostraba siempre atento y servicial con el público cuando llovía porque no tenía obligación de regar las plantas y flores, ya que estaba obligado a hacerlo todos los días si el día no era lluvioso.
Se consolidaba el acuerdo por el que el Ayuntamiento se hacía cargo del jardín, sin perjuicio de que si fuese preciso de que la autoridad militar tuviese que utilizar el lugar y baluarte para un servicio de la plaza o su defensa, pero solicitaba al Gobernador Militar un centinela de la prevención de Macanaz o del presidio-correccional para hacer cumplir con las disposiciones dictadas y que no hubiese desordenes dentro del jardín. Pero la presencia de n centinela fue denegada por el Gobernador por no tratarse de un servicio puramente militar el que iba a desempeñar tal centinela, pero si se prestaría el correspondiente auxilio cuando así lo reclamase el empleado público del jardín. Y fue entonces cuando el Ayuntamiento dictó el bando antes mencionado.
En aquellos años cincuenta del reinado de Isabel II, que aquel año había venido a La Coruña para inaugurar las obras del ferrocarril Palencia-La Coruña, que nos uniría con Madrid, había mucha tropa en La Coruña, entre ella todo un regimiento de Infantería de Cuenca, que poco después saldría para África, a unirse contra unidades y combatir en Marruecos.
Y ocurrió que el pueblo dejó de acudir al Jardín de San Carlos, a pasear, por la gran cantidad de soldados que se daban cita allí, acompañados de criadas y mujeres de mal vivir, permitiéndose una serie de libertades impropias de realizarse en un lugar público, con el consiguiente escándalo para señoras, jovencitas y niños. Enterados los que confiaban a sus hijos a criadas, servidores y asistentes, si el padre era militar, impidieron que sus hijos pequeños acudieran a pasear y jugar en el jardín de S.Carlos. Los soldados no hacían caso de las amonestaciones del jardinero, que entonces tenía mucha vara alta, como funcionario ejemplar que era Ángel Aperribay, de conocida familia coruñesa, era el representante del Ayuntamiento en la inspección del jardín y ordenaba reprimir los excesos que pudieran cometerse en el orden moral, en el jardín, con gran rigor, pues hasta entonces los vecinos coruñeses disfrutaron de gran tranquilidad en este ajardinado recinto y era preciso, pues, evitar toda clase de escándalos. Fue entonces cuando el Ayuntamiento consideró que lo mejor era dirigirse al Gobierno Militar para que dictara órdenes a la tropa con el fin de evitar, en lo sucesivo, tales escándalos. Simultáneamente, el sueldo de tres reales de vellón, que percibía el jardinero, era aumentado en un real más diario, con la prohibición de que fueran vendidas, por el jardinero, flores del jardín, ni cortarlas para regalar y menos entregar esquejes, tallos o cogollos de plantas, muchas de ellas, exóticas, y que tanto costaban al Municipio.
En los sesenta isabelinos, el Jardín de San Carlos atravesaba malos momentos, muy descuidado y sometido a los gamberros ochocentistas o vándalos decimonónicos, como les llamaríamos en nuestros días. Y fue cuando el arquitecto municipal Juan Ciórraga, que había reemplazado al veterano José M. Noya, trazó un proyecto de recuperación de aquel histórico lugar, proyecto que fue aprobado y obras que comenzaron en seguida y duraron un año.
Tales obras consistieron en proteger la urna sepulcral del general Sir John Moore por medio de un enverjado y pilones y zócalo y otras verjas en los parterres. La obra estaba presupuesta en 14.808 reales de vellón. Todavía no figuraba la peseta como unidad monetaria. Lo sería muy poco después. Aún reinaba Isabel II y nadie pensaba que cuatro años después la Isabelona sería destronada y tanto Prim como Serrano y Topete se harían con el poder tras vencer a Pavía en el cordobés puente de Alcolea.
Por entonces, era alcalde de La Coruña José María Abella, el hombre que logró animar los carnavales, un tanto decaídos como consecuencia de las innumerables víctimas coruñesas que produjo el cólera morbo asiático de 1854.
Para realizar tales obras en el jardín de San Carlos fue convocada una primera subasta, pero no se presentaron licitadores; tampoco en la segunda subasta convocada al no haber pujas, todo quedó como antes. En vista de ello se pidió autorización al Gobierno Civil para que tales obras se hicieran por cuenta del Ayuntamiento, lo que hoy se conoce por administración directa, sin que excediera el tipo presupuestario. E l Gobernador accedió y la obra en el Jardín de S.Carlos se puso en marcha. Además de la obra indicada, posteriormente fue construido en el jardín un invernadero de madera, vidrios y teja para la cubierta y se hicieron arreglos en la casa del jardinero, a un lado del jardín. Asimismo, fueron reparados dos balcones del mismo y potenciado el desagüe de las aguas pluviales en el pozo allí existente.
Y el jardín fue enriquecido con centenares de plantas y flores nacionales y exóticas, semillas, árboles y arbustos, volviendo a sus viejos tiempos de Jardín Botánico, por excelencia. Acacias, mimosas, crisantemos, azucenas, rosales, claveles chinos ,camelias, alhelíes, pensamientos, nardos, etc. Las obras finalizaron al año siguiente y la inversión subió a los 28.119 reales de vellón.
El deseo del alcalde Abella era seguir dedicando el Jardín de San Carlos a recreo y esparcimiento de los coruñeses y gentes forasteras como en sus mejores tiempos y para ello había que mejorarlo y potenciarlo al máximo los parterres, convertir el Jardín de San Carlos, el viejo baluarte en la mejor zona ajardinada de La Coruña, sostenido por el Ayuntamiento. Anteriormente, cuando era un peñascal y hasta bastantes años después de ser jardín botánico, estaba bajo jurisdicción militar, pero, posteriormente, al pasar ya al Ayuntamiento, las corporaciones se esmeraron en mejorarlo.
Y en 1865, el Municipio por tener que atender también a otras obligaciones y dada la penuria de las arcas del Ayuntamiento, acordó pedir una ayuda al Gobierno inglés para sostenimiento y ornato del lugar, basándose en la continua visita de españoles e ingleses que hacían al sepulcro de Sir John Moore, cantidad estimada en dos mil libras esterlinas, no solo para el ornato y mantenimiento del jardín, sino también para enterramiento de cadáveres de súbditos británicos, que fallecían en La Coruña y alrededores.
En tanto, en aquel año de 1865 fue publicado un edicto o bando, basado en otros anteriores, por el Alcalde constitucional para convertir el viejo baluarte de S.Carlos en jardín de recreo público sostenido por cuenta del presupuesto municipal y conservarlo en el mejor estado de ornamentación y comodidad, y en dicho edicto se dictaban las disposiciones siguientes.
1ª.-Está prohibida la entrada de toda clase de animales por los desperfectos que suelen ocasionar.
2ª.-No se permite tocar planta alguna, ni a los objetos de adorno.
3ª.-Todas las personas pueden pasear por las calles del jardín, pero sin introducirse en los cuadros del mismo, bajo ningún pretexto.
4ª.-No se permite orinar en punto alguno de del propio jardín ni de ningún modo ensuciarlo.
5ª.-Se procurará evitar que los niños se entretengan en corridas o juegos que puedan incomodar a los concurrentes; de las faltas que cometan serán responsables los padres o encargados de ellos.
6ª.-Sostenido este jardín a expensas, exclusivamente, de los fondos municipales, se prohíbe al guarda-jardinero vender o regalar las flores o plantas del mismo jardín, en el cual deben conservarse unas y otras para su mayor lucimiento y recreo del público, disponiendo únicamente de ellas cuando se le ordene para actos o funciones públicas. También se le prohíbe recibir gratificaciones de persona alguna, mediante esté retribuido por la Corporación municipal.
7ª.-El jardinero, como encargado, inmediatamente, del citado paseo, es el responsable de las faltas que en él se cometan, si no las participase desde luego a esta Alcaldía, con expresión del nombre del infractor.
Siendo éste desconocido lo detendrá y presentará a la Alcaldía por medio de los individuos de la Guardia municipal, para la providencia que haya lugar.
8ª.-Es obligación puliar del jardinero: Cumplir las órdenes e instrucciones que le comunique la Alcaldía y las del Concejal Comisario sobre el mejoramiento del jardín. Tener todas las banquetas perfectamente limpias, las calles barridas y las plantas y carreras de los cuadros del jardín, desnudas de yerbas y malezas. Regar todos los días las plantas, sino lloviese, cuidando de asegurarlas debida y convenientemente, con cañas o estacas, según su clase y robustez. Conservar y mejorar el jardín, dando conocimiento de todo lo que se crea necesario al efecto. Cerrar las puertas del paseo al anochecer, sin permitir que persona alguna que no sea familia del jardinero, permanezca dentro, abriéndose dichas puertas después de amanecer.
Este bando tenía fecha 16 de agosto y en él puede apreciarse que el jardinero y su familia tenía la vivienda dentro del recinto, y que era importante el cargo de guarda-jardinero, con atribuciones, derechos y obligaciones.
En tanto, de Inglaterra comunicaban que el gobierno de S.M. no tenía facultades para acceder a lo pedido por el Ayuntamiento , pero el vicecónsul británico en La Coruña se le darían instrucciones para confeccionar un presupuesto de gastos con vistas atender al deseo formulado por la autoridad municipal.
Ya en 1881 las puertas del Jardín de S.Carlos –eran las primitivas- se deterioraron por la acción del tiempo, humedad, lluvia y demás elementos atmosféricos y fue cuando se especuló sobre la conveniencia de que en lugar de madera fueran a modo de verja de hierro forjado. Pero el entonces arquitecto municipal opinaba con muy buen criterio de que al ser de verja de hierro, la humedad, el frío, el viento, las corrientes de aire, durante las largas noches de invierno penetrarían más fácilmente en el jardín perjudicando flores y plantas, muchas de ellas muy costosas, escasas y de singular rareza. No olvidemos que el Jardín de San Carlos continuaba siendo un modelo de jardín botánico. Se hizo caso al señor Ciórraga y las puertas volvieron a ser de madera y lo más altas posible para defender la vegetación del recinto.
La autoridad militar representada por el gobernador militar Francisco Mazarredo y el cónsul británico fueron los artífices de este jardín, pero también hubo que contar con varios vecinos de calidad de aquellos años treinta del siglo XIX. Cuando vino a La Coruña don Jorgito Borrown en aquella misma década, el jardín era aún un peñascal, un lugar soleado al que acudían los coruñeses a tomar el sol, pero un espacio inhóspito que recordaba la antañona explosión de la pólvora que destruyó cuanto existía a muchos metros a la redonda. Pero lo mismo Mazarredo que el consulado de Inglaterra que diversos coruñeses de notable influencia en la ciudad se aprestaron gustosos a crear algo nuevo en aquel espacio, estratégico e historia de la Ciudad Alta “o Cidade Vella de nosos días”. Fue abierta una suscripción popular y con estos recursos fue levantado el actual recinto, como antes hemos explicado y ya cuando de propiedad militar pasó al Municipio, años sesenta, fue montado un cenador, proyecto del arquitecto José María Noya cuando todavía no se había hecho cargo de las obras municipales el nuevo arquitecto municipal Juan Ciórraga, que por cierto murió, nonagenario, en 1931, medio siglo después de los hechos que contamos.
Aparte de las inscripciones que figuraban en el frontispicio del jardín, en la entrada del mismo, con el escudo de armas de Carlos de Croix, que ejercitó el mando de Capitanía dos veces, una en los años cincuenta del siglo XVIII y otra, en el decenio siguiente, personaje al que ya nos hemos referido anteriormente. Dos lápidas penden de la muralla, encima del acceso de entrada al jardín, las de mayor antigüedad de cuantas figuran en el jardín, pues datan, de acuerdo con el tiempo de Carlos de Croix, del siglo XVIII y las del interior son más modernas. Al parecer las inscripciones fueron realizadas por un artista en piedra, preso en la Ciudad Vieja, un cantero o artífice en labrar y esculpir en materiales nobles, como en este caso es la piedra. La inscripción data del segundo mandato de Croix, años sesenta del siglo de la Ilustración y está escrita en latín y a través del texto, unas veces legible y otras ilegible se destaca como se trata de una maravillosa y hermosa obra ejecutada por aquellos que anteriormente cometieron acciones deshonrosas.
Ya dentro del jardín figuraba una lápida de mármol blanco, que recuerda la muerte de 172 jefes, oficiales y marinería del navío de guerra inglés “Serpent”, que se fue a pique el 10 de noviembre de 1890, frente al Cabo Villano. La inscripción fue realizada en inglés, al año siguiente, 1891. Por entonces, el cónsul británico pidió autorización para colocarla en el jardín de San Carlos, cercana al monumento funerario de Sir John Moore, y allí figura desde hace más de un siglo.
A lo largo del siglo XX fueron también colocadas otras dos placas gigantescas, lápidas, una escrita en la lengua de Shakespeare, composición poética del irlandés Charles Wolfe “The Burial of Sir John Moore”, una auténtica evocación de la muerte y el entierro del caudillo escocés; y la otra un bello poema de Rosalía de Castro, en lengua vernácula, también en memoria del desventurado general. Estas lápidas figuran a ambos lados del mirador o amplia balconada del jardín, que mira a la bahía.
En otra marmórea placa figura parte de la proclama que el General Wellington dirigió al ejército en su cuartel general de Lesaca a la memoria y en homenaje a los soldados gallegos que tuvo a su mando después de la batalla de San Marcial en 1813: “Guerreros del mundo civilizado. Aprended a serlo de los individuos del cuarto ejército que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño. Todos somos testigos de un valor desconocido hasta ahora. ¡Españoles! Dedicaos todos a imitar a los inimitables gallegos”. (el historiador Rodríguez Maneiro posee el texto íntegro de esta proclama)
Y en el sepulcro de Moore aparece otra placa cuyo texto recoge el hecho de que el general murió cubriendo el embarque de sus tropas tras la batalla de Elviña en cuya batalla fue mortalmente herido el 16 de enero de 1809.
En agosto de 1916 Diego San José publicaba en el “Nuevo Mundo”, a nivel nacional un bello reportaje sobre el jardín de San Carlos: “Un bello estrado de la Muerte: la tumba del general Moore”. Dice lo siguiente: “En aquella misma orilla del mar y sobre una breve altura álzase un bello jardín que tiene todo el encanto del más puro romanticismo. No parece sino que en su terruño sembraron penas, regáronlas después con lágrimas y de ello nacieron árboles intensamente tristes e hicieron al sol y a la bruma bellas flores sentimentales. Son camelias y se nos antoja que son aquellas mismas que tanto hubo de amar Margarita Gautier, la “dama de las camelias”. Desde la puerta y con muy pocos pasos llégase a las tapias, que son como atalayas de la mar. Alzase en el centro un sarcófago y en derredor danle eterno homenaje cuatro cañones empotrados verticalmente, boca abajo, en la tierra. Es la tumba de un héroe que murió cruelmente por la independencia de una patria que no era la suya. Aquel lugar fue en tiempos una fortaleza que defendía la ciudad y que era muy notablemente estratégica y desapareció luego para transformarse en estrado de la Muerte y según lo bien que cumple su oficio hácele esperar luengos siglos sin sombra de mudanza”.
Bernardo Barreiro denomina este añoso lugar de la carolina e imperial Ciudad Alta, “el jardín de los enamorados”, remanso de paz, de tranquilidad al igual que la cercana Plazuela de las Bárbaras, en el que románticas parejas se prometen eterno amor, rincón evocador de la madrugada del 17 de enero de1809 en el que Sir John Moore fue enterrado, silenciosamente, por sus fieles y valerosos highlanders en un desconocido lugar de este peñascal que así era cuando la invasión napoleónica de La Coruña.
Durante la guerra española fue construido el actual balcón que mira a la bahía y desde el cual se contempla toda una bella perspectiva del puerto y el castillo de S.Antón, obra del arquitecto municipal Santiago Rey Pedreira. De la misma época es el escudo de la ciudad, labrado en piedra, en la parte exterior de la muralla. Era entonces alcalde de la ciudad el laureado pintor ferrolano Álvarez de Sotomayor.
En la evolución del jardín tuvo gran repercusión la construcción del Archivo del Reino de Galicia, proyecto de 1954 del arquitecto municipal Antonio Tenreiro, que trajo como consecuencia una modificación en su tratado. La obra supuso también la eliminación de un pequeño jardín lateral, ocupado por los soportales del Archivo y la fuente angular, así como la desaparición del invernadero y de la caseta del jardinero, que eran instalaciones del siglo XIX.
Vedia y Goossens, historiador afincado en La Coruña cuando ejercía el cargo de jefe político, en 1843, decía que comenzó en su tiempo a acaparar la atención y las preferencias lúdico-recreativas de los coruñeses pues siguiendo la tónica costumbrista de la época, por veces se trasladaba el paseo a este jardín botánico de S.Carlos y la música tocaba en una especie de cabaña de grandes arcos a modo de pabellón, coronado por un busto de Sir John Moore, pabellón inexistente en la actualidad, como podemos observar.
Miguel González Garcés, poeta y escritor coruñes, después de estudiar el jardín de S.Carlos desde el punto de vista artístico e histórico, señala que los olmos llevados al jardín datan de 1848. Y Urbano Lugrís destacaba como los negrillos del jardín de S.Carlos era lo que más le entusiasmaba a Eugenio D`Ors, de La Coruña, en donde los frondosos árboles sirven de acogida y descanso a las grandes bandadas de estorninos que en su tiempo sientan “sus reales” bajo el cielo coruñés. Este jardín es uno de los lugares de mayor entidad histórica, arquitectónica, botánica, cultural y recreativa de Galicia.
Mi extinto amigo y compañero en las tareas periodísticas y en la Academia Gallega de Bellas Artes Juan Naya, en un artículo suyo “Ante la tumba de un héroe, una mujer misteriosa en el jardín de S.Carlos”, relata una fantasía de Manuel Murguía: “Refiere el Patriarca de la Letras Gallegas que en la mañana del 16 de enero de 1840, treinta y un años de la muerte de Sir John Moore, a poco de ser abiertas las puertas del Jardín de S.Carlos, una mujer de unos cincuenta años, alta y esbelta, con rostro de color blanco mate, ojos azules y largos rizos blondos, que acariciaban su frente, que delataban su origen anglosajón atravesó el jardín para quedar como petrificada, ante la tumba de Moore y allí derramó abundantes lágrimas, que impresionaban vivamente a los pocos visitantes que presenciaron la emotiva escena. Por espacio de bastantes años, todos los 16 de enero fue vista llegar a la misma hora y después de permanecer algún tiempo al pie del sepulcro se alejaba triste y melancólica. Un año la escena fue más dramática. La misteriosa dama exclamó al ausente: ¡Adiós por última vez! Luego camino hacia la Pescadería y al otro día los coruñeses sabían que había muerto protestante, en la misma alcoba y en el mismo lecho donde cerca de 40 años antes exhalara su último suspiro el que había sido para ella , en el mundo su primero y único amor, y que desde los años treinta del siglo decimonónico descansaba en un cuadrilátero de granito gallego con los ángulos almohadillados, encima de una urna blanca – grisácea y dos tarjetas y en ambas la siguiente inscripción: “Joannes Moore, Exercitus Britannici Dux, Proelio Occisus A.D 1809”, sin olvidar los cuatro pequeños cañones pedreros, de bronce, que cuesta mucho trabajo verlos porque son como “ratas”, alargados, extendidos sobre aquel rincón funerario de San Carlos.
Y así dejamos este Jardín de S.Carlos, botánico, por excelencia, en lejanas calendas, romántico, con aspecto de claustro conventual, de patio cenobial; jardín donde duerme el sueño eterno Sir John Moore, lugar de quietud y evocación, de leyendas y mitos y vivencias. Antaño inmensa fortaleza, dueña y señora de la Ciudad Vieja, cuando la saga de los Viveros guardaban armas y pólvora, arcabuces y alabardas, petos y borgoñotas, cuando Carlos I de España y V de Alemania convirtió este plácido lugar y muchos metros a la redonda en espacio imperial y carolino, y hoy jardín circundado de cubos y paramentos, de dorados sillares y señoriales muros, que aún perduran, festoneados de musgo y yedra, frondosos árboles en torno al vetusto conjunto sepulcral, con piezas artilleras a la funerala. Y lanzas enlazadas por artísticas verjas sirven de sustentáculo a todo un conjunto ajardinado, que desde el siglo ochocentista cuida el Ayuntamiento y donde se suceden, año tras año, flores y plantas, que surgen a nativos y forasteros como galas de abuelas olvidadas en el fondo de olorosos cajones y de antiguas cómodas.