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MUSEO NAPOLEONICA LA HABANA
Encontrar en una calle habanera un hermoso palacete de líneas renacentistas pudiera producir curiosidad a algunos. Pero lo que siempre resulta dignó de admiración, es que tras sus puertas de hierro forjado existe un museo Napoleónico que atesora piezas, de reconocido valor artístico e histórico pertenecientes a la época del imperio Francés y aún de etapas anteriores. El Museo está ubicado en la calle San Miguel No. 1159 entre Ronda y Mazón, muy cerca de la bicentenaria Universidad de la Habana. La casa que lo alberga fue construida por los arquitectos Govantes y Cabarrocas entre 1926 y 1929 para el abogado y político Orestes Ferrara Marino, llegado a Cuba en 1896. Consta de cuatro plantas y, en esencia, sigue el estilo de palacios florentinos de la época del Renacimiento, aunque la utilización de otros elementos arquitectónicos- entre ellos los techos coloniales y la distribución espacial- dan un toque ecléctico a la “Dolce Dimora”, nombre dado a la casa por su propietario.
La selección de la Dolce Dimora como sede del Museo se debe a que ambos estilos, Renacimiento y Neoclásico, tuvieron sus raíces en el gusto profundo por el arte de la antigüedad clásica.
La valiosa colección de piezas correspondientes a la etapa del Imperio, hoy patrimonio del Museo, perteneció al hacendado multimillonario cubano Julio Lobo Olavarría, quien en 1960 abandonó el país.
El Gobierno Revolucionario, en diciembre de 1961, funda esta singular institución cultural, destinada a exponer al pueblo y a quienes nos visitan el mensaje histórico y cultural de que es depositaria.
No pocos fueron los millones invertidos por Julio Lobo en la adquisición de obras originales mediante subastas en Europa y Estados Unidos. Una considerable parte de esa fortuna esta justificada por la calidad y belleza de las piezas que, en su mayoría, forman el núcleo del Museo.
A esta colección se han añadido algunas piezas adquiridas posteriormente por compras, traspasos o donaciones.
El montaje de las galerías sigue un orden cronológico: finales de la Monarquía de los Borbones y su caída ante el empuje de la Revolución Burguesa, Directorio, Consulado, Primer Imperio y concluye con la derrota de Napoleón. También en estas salas se aprecia la influencia napoleónica en el gran arte burgués de la época.
En la primera planta se halla el Gran Salón, expresión de las diversas etapas posteriores al golpe del 9 Thermidor .
El Directorio es reconocible por sus muebles, de fines de siglo XVIII, grabados y dos magníficos óleos: Retrato de Napoleón Bonaparte, General, de Antoine –Jean Gros, y La Campaña de Egipto, de Edouard Detaille. El Consulado se identifica por dos bustos del Primer Cónsul, de Canova y de Boizot, respectivamente; Bonaparte en Milán, óleo de Andrea Appiani, y grabados.
En la parte dedicada al Imperio se encuentra una magnífica colección de muebles, artes decorativas, pinturas y armas.
Entre ellos sobresale Bonaparte en los Campos Boulogne, realizado por Jean – Baptiste Regnault; una consola que lleva la impronta de los destacados artesanos Jacob, ebanista, y Thomire, autor de los bronces; una silla curul utilizada en las ceremonias imperiales por los Mariscales de Francia; y el sable a la turca que perteneciera al Mariscal Joaquín Murat, Rey de Nápoles. En esta sala también se pueden apreciar dos magníficos óleos correspondientes a la etapa: El regreso de la Isla de Elba y la Batalla de Waterloo.
En la segunda planta, las salas que se ambientan con mobiliario de la villa imperial de Prangins, residencia de Jerónimo Bonaparte, Rey de Westfalia, muestran la expansión del Imperio por casi toda Europa. Bonaparte prepara la ceremonia de su coronación, cuadro impresionante, preside la galería donde se muestran ánforas de porcelana de Sévres, conmemorativas de la batalla de Austerlitz, y un conjunto de retratos de la familia Bonaparte, de prestigiosos autores.
En la tercera planta las salas reflejan la caída del poderoso Imperio Francés, la estancia y la muerte del Emperador en Santa Helena, y las ulteriores influencias políticas y artísticas. Entre otras piezas se pueden apreciar la lámpara regalada por Bonaparte a Josefina al regreso de la primera campaña de Italia; una cajita de pinturas de la Emperatriz María Luisa; y objetos personales del Conquistador, como la pistola que llevara en la batalla de Borondino, bicornio y catalejo utilizados en Santa Helena, y su mascarilla mortuoria, traída a Cuba por el Dr. Francesco Antommarchi, médico corso que lo atendió en sus últimos momentos.
En la cuarta y última planta se destaca la Biblioteca, construida con maderas preciosas, techos de cedro y estanterías de caoba. Especializada en la temática del Museo, contiene miles de títulos que abarcan el período histórico desde finales del reinado de Luis XVI hasta el Segundo Imperio.
Los jardines de la casa también forman parte del Museo. Diseñados al estilo renacentista, en ellos se entremezclan la variedad de la flora tropical, con bellas esculturas de mármol y altos muros que se pierden en las sombras del tamarindo, el cocotero y nuestra orgullosa palma real.